lunes, 2 de diciembre de 2013

Capítulo 37: Un final es un nuevo principio



Penny P.O.V
“Estimada mademoiselle Picard:
Nos complace informarla de que, tras un largo proceso de selección, ha sido admitida en la Universidad de París. Estaremos encantados de recibirla entre nosotros como alumna, para que sus futuros logros en la Universidad sean tan brillantes como lo han sido durante sus años escolares. La esperamos en septiembre.
Cordialmente,
Monsieur Pierre Gallart
Decano de la facultad de letras de la Universidad de París –Sorbona.”

Aunque hace ya unas cuantas horas que he leído la carta, vuelvo a leerla de nuevo, intentando asimilar la noticia. No me lo creo todavía. Me han contestado de París. Es imposible que me hayan mandado la carta por error, mi nombre está impreso en el sobre con el matasellos de París.
Me han admitido. Lágrimas de alegría empiezan a deslizarse por mis mejillas. No me lo termino todavía de creer. Pero soy feliz. Demasiado feliz en este momento. Sobre todo, porque no me esperaba que después de tantos meses de espera, me hayan contestado.
Cuando llegó el momento de enviar nuestras solicitudes a las universidades, envié dos. La primera fue para Stanford, donde con mayor probabilidad me aceptarían. La segunda, de la cual no le hablé a nadie, fue a la universidad de París.
Si bien no le hablé a nadie de la segunda solicitud, fue porque era improbable que me admitiesen. Es de sobra conocido que, de las miles de cartas que llegan cada año al decanato, solo unas cuantas privilegiadas son respondidas. Y mi carta fue una de ellas.
No me lo esperaba para nada. La carta de admisión procedente de Stanford había llegado dos semanas después de que yo enviase la mía. Además, la opción de ir a Stanford no me disgustaba en absoluto. Sol californiano durante todo el año, un excelente programa de letras, y una facultad cerca de Colorado, donde estudiará Kevin.
Regresar a París siempre había sido una idea que rondaba de vez en cuando por mi cabeza. Me invadía la nostalgia de vez en cuando. Sus amplias calles, los cafés, la tranquilidad… Por mucho que me gustase vivir en Seattle, y posteriormente en el internado, siempre echaba de menos París.
Esto tiene que ser una señal del destino. ¿Qué otra cosa podría ser si no? Los billetes para ir a Palo Alto ya estaban sacados. Todo estaba listo para marcharme a Palo Alto. Todo menos Kevin.
Habíamos hablado muchas veces sobre lo que pasaría después de la graduación. Él estudiaría educación en Berkeley, y yo literatura inglesa y francesa en Stanford. La distancia entre ambas facultades es de casi una hora. Todo era perfecto.
Por un momento me planteo mis opciones: Stanford y Kevin, o París y una incertidumbre total.
No tengo ni idea de qué voy a hacer.
La voz de mi madre interrumpe mi flujo de pensamientos.
-          ¡Penelope! – me llama mientras camina hacia mi habitación.
Aparece en el quicio de la puerta, esperando que la deje pasar. Asiento, y ella entra en mi habitación y se sienta a mi lado. Contempla con curiosidad la carta que tengo en las manos.
-          Así que te han contestado… - empieza a decir ella con suavidad.
Asiento, sin contestarle todavía.
-          Pero han tardado bastante. Hoy es 15 de Agosto.
Me acaricia con suavidad el pelo, negro como el suyo. Mi madre y yo nos parecemos mucho. Somos calmadas, nunca levantamos la voz y siempre intentamos complacer a los demás. Nunca nos preocupamos demasiado por nosotras mismas.
-          ¿Y qué vas a hacer?
-          No lo sé mamá. Te juro que no lo sé.
Permanecemos en silencio durante unos instantes. Mi madre reflexiona mi última confesión, y suspira antes de hablar de nuevo.
-          Y supongo que quieres oír lo que pienso de todo esto.
Vuelvo a asentir en silencio.
-          Petit poule, ¿quieres que te de un consejo? Vete a París.
Me giro sorprendida y me enfrento a mi madre. Ella me calla con un gesto de la mano para que la deje seguir hablando.
-          Cherie, creo que deberías ir a París. No desperdicies esta oportunidad. Sé que Stanford es una universidad excelente, y la Sorbona también. Tienes ante ti dos posibilidades que van a marcar tu futuro. Estás ante una gran decisión.
-          Pero papá insistió tanto con Stanford…
-          Sé que tu padre quería que fueses a Stanford, pero no tienes que obedecerle en todo. Los dos te apoyaremos decidas lo que decidas. Si realmente tu sueño es volver a París, ve.
-          Pero mamá…
-          Penelope Marie Picard, escúchame. – guardo silencio y decido no interrumpirla más. – Toda tu vida has sido la hija perfecta, la alumna ejemplar… Has superado con creces todo lo que te ha pasado, y estamos muy orgullosos de ti. Y por todo esto, te pido que por una vez en tu vida seas egoísta y regreses a París. Yo no quería marcharme, pero por complacer a tu padre lo hice, y por eso te animo a que te vayas. Sé que toda tu vida te han dicho que somos iguales, pero eso no es verdad. Tú tienes una fuerza y una determinación que yo no tengo. Eres dueña de tu propio destino.
Abrazo a mi madre mientras comenzamos a llorar las dos. Permanecemos así unos minutos más.
-          Mamá… – digo tras este momento – Gracias. Gracias por apoyarme en esto.
-          Cariño, yo sólo quiero que seas feliz.
Terminamos de abrazarnos y ambas sonreímos cuando empezamos a secarnos las lágrimas. De repente, un pensamiento se cruza por mi cabeza rápidamente. Tengo algunas cosas que resolver antes de marcharme definitivamente a París.
-          Mamá, necesito pedirte un favor. – le digo tras cavilar esa idea durante unos instantes.
-          Lo que quieras cariño. – me dice ella acariciándome la mano suavemente.
-          Necesito que me lleves al aeropuerto. – le suelto antes de que pueda arrepentirme por lo que voy a hacer.
Mi madre me mira extrañada por un momento.
-          ¿Al aeropuerto? ¿A dónde quieres ir?
-          A Denver. Tengo que hablar con Kevin.

Nat P.O.V
El sol calienta mi espalda mientras estoy tumbada en una toalla en el césped del jardín de Jerry. Después de volver de la mansión Schoomaker, volví a Washington para ver a mis padres. Qué decir que mi estimada madre me echó de casa en cuanto se enteró que su hija ya no se apellidaba Weston. Por lo menos me dio tiempo a recoger mis cosas.
Jerry corrió a buscarme y me llevó con él a Chicago, donde Rose MacKenzie me acogió con los brazos abiertos. Y más aun sabiendo que ahora soy su nuera. Dos días después, mi padre se presentó en Chicago y me rogó que volviese. Él estaba de viaje cuando mi madre me echó, y no se había enterado hasta el día siguiente a mi marcha. Pero la decisión estaba tomada. Me quedaba en Chicago con mi marido y no pensaba volver a ver a mi madre en la vida. Mi padre estaba triste, y yo también por tener que dejarlo solo con mi madre, pero no pensaba volver a Washington. Entonces, mi padre me prometió que, pese a la firme oposición de mi madre, me pagaría todos los estudios en Columbia y se encargaría de buscarnos a mí y a Jerry una casa en Nueva York.
Intento alejar esos pensamientos de mi cabeza. Echo de menos a mi padre, pero no puedo hacer nada. Por lo menos me alegro de que me apoye en mi decisión de ir a Columbia, donde mi madre se negaba a que fuera. Y también con lo de Nueva York. Será genial empezar mi vida universitaria con Jerry.
Él está a mi lado, tomando el sol y vigilando de vez en cuando a Rosie, que se está bañando en la piscina. Está guapísimo. El pelo rubio se le ha aclarado aún más, y se está poniendo moreno con el sol de Indiana.
-          Cariño, deberías echarte crema. Te vas a quemar. – dice apartando la vista del diario deportivo que está leyendo.
-          ¿Te ofreces tú a echármela? – le digo coqueta.
Jerry esboza mi sonrisa favorita, la que pone cuando está planeando algo que le entusiasma.
-          Todo sea por complacerla, señora MacKenzie.
Sonrío, y Jerry se inclina para besarme. El sonido estridente de mi móvil interrumpe la magia del momento. Suelto un suspiro de resignación y alargo el brazo para coger el teléfono.
-          ¿Sí? – respondo con un tono de pereza.
-          ¿Señorita Weston? ¿Es usted Natalie Weston? – pregunta la voz de un hombre al otro lado de la línea.
-          Sí, soy yo – contesto intrigada. – Pero es obvio que no sé quién es usted.
-          Perdone mi descortesía. Soy Damien Hill. Aunque supongo que mi nombre no es desconocido para usted.
Es imposible no conocer a Damien Hill. Todas las revistas de moda hablaban de él como el futuro Karl Lagerfeld, la estrella de Gucci. Bueno, actualmente ex estrella, porque hacía tres meses que había anunciado su retirada de Gucci para lanzar su propia marca.
-          Resulta que he oído hablar de usted. – le digo.
-          Y supongo que también habrá oído que he comenzado una carrera en solitario.
-          En efecto.
-          Pues bien, señorita Weston. ¿Puedo tutearla? Resultará más cómodo para lo que voy a ofrecerle.
-          Sí, adelante.
-          Quiero que seas la cara de mi nueva colección.
Me quedo estática sujetando el teléfono. Jerry me mira con preocupación, pero con un gesto de la mano logro calmarlo.
-          ¿Yo?
-          Sí, tú. Vi el book de fotos que mandaste a Gucci. He de decir que son unas fotos preciosas, y creo que puedes tener futuro en la profesión. Y también sé que ningún diseñador de renombre te ha llamado por cortesía hacia tu madre.
Y es cierto. Anne Daniels Weston ejercía una poderosa influencia sobre el mundo de la moda. Si ella decidía que mi carrera como modelo sería ignorada y borrada, así sería.
-          Anne Daniels tiene bastante poder.
-          Pero no sobre mí, Natalie. No le debo pleitesía a esa bruja.
-          Coincidimos en algo, señor Hill. – le contesto sonriendo.
Damien suelta una carcajada y me sigue hablando.
-          Es una pena que se te esté tratando así. Que nadie te haya dado una oportunidad antes. Tienes algo especial, estoy seguro de ello, y quiero darte la oportunidad para demostrarlo.
-          No sé Damien… Es una decisión importante.
-          Lo sé. Piénsatelo unos días. Y llámame con tu respuesta.
-          Me lo pensaré.
-          Gracias por ello. Adiós.
Cuelgo el teléfono y me quedo pensativa. Realmente, esto ha sido una sorpresa. Ya había perdido por completo la esperanza de ser modelo algún día. Pero esta llamada podía cambiarlo todo.
Jerry se sienta enfrente de mí y me mira con curiosidad.
-          No adivinarías jamás quien me acaba de llamar.
-          A saber.
-          Me acaba de llamar Damien Hill. – Jerry pone cara de interrogación ante la mención del nombre. – Es un diseñador de moda. – le digo. – Y muy gay – aclaro rápidamente al ver su expresión. Jerry sonríe ante mi respuesta.
-          ¿Y qué quería?
-          Damien acaba de largarse de Gucci para empezar en solitario. Quiere que sea la imagen de su nueva marca.
Jerry abre los ojos de la sorpresa y sonríe ampliamente.
-          Pero… pero… ¡Es fantástico! – dice abrazándome y levantándome por los aires.
Estallo en carcajadas. Me encanta el entusiasmo de Jerry. Es arrollador.
Cuando por fin me baja, le abrazo con fuerza.
-          Entonces, ¿te alegras?
-          ¡Por supuesto Natie! Es una noticia genial.
-          Pero Gerald…
-          ¿Pero qué?
-          ¿Qué pasa con lo de ir a Columbia y todo eso? Si sale bien lo de Hill, tendré que viajar bastante y no podré ir a la universidad.
-          Natalie – dice él con su tono de voz grave que me encanta – Columbia no se va a mover de sitio. Ni yo tampoco. Ser modelo es tu sueño. Cúmplelo. Y si quieres seguir yendo a la Universidad, tómatelo con calma. Si no consigues graduarte en cuatro años, pues que sea en diez. Pero no dejes de cumplir tu sueño.
Lo abrazo con fuerza y él me besa el pelo.
-          Te quiero muchísimo. Gracias por esto
-          Natie, haría cualquier cosa por ti. No voy a impedir que cumplas tu sueño.
Lo beso suavemente. Nada podría ir mejor ahora mismo.

Penny P.O.V
El avión se ha retrasado cuarenta minutos. Ha sido un vuelo largo y bastante cansado. Nada más decirle a mi madre que me iba a Denver, se apresuró a comprarme un billete de avión mientras yo preparaba una mochila con mis cosas. No iba a estar más de un día o dos allí.
El taxi me deja enfrente de la puerta de la casa de Kevin. La dirección me la tuvo que pasar Johnny, ya que yo nunca había estado allí. Suelto un silbido de admiración cuando me fijo bien en la casa. Es preciosa, tiene un aire muy rústico, y el jardín está lleno de flores. Abraham y Alice Rumsfeld la compraron u para usarla durante el verano y así no tener que vivir en el internado todo el año. Es pequeña y está a las afueras de Denver. Me encanta.
Me armo de valor y llamo al timbre. Tras unos cuantos segundos, la puerta se abre y aparece un sorprendido Kevin.
-          ¡Penny! – grita antes de abrazarme y levantarme por los aires para dar un par de vueltas.
Estallo en carcajadas con su entusiasmo. Cuando me baja, me da un beso largo y dulce. Nuestro beso. Dejo caer la mochila al suelo y enredo los dedos en su pelo. Kev me acerca más a él agarrándome con delicadeza por la cintura. Dios, cuanto lo he echado de menos.
Terminamos el beso y sonreímos casi a la vez. Todavía seguimos abrazados y mi mochila en el suelo.
-          Esto sí que es una auténtica sorpresa. – dice con una sonrisa enorme.
-          Es una visita corta, me voy mañana. Pero quería verte. Hace casi un mes que no lo hago, y me moría de ganas de hacerlo.
-          Pues me alegro mucho de que hayas venido. Entra, quiero enseñarte esto.
La decoración interior es de estilo rústico, siguiendo el estilo de la fachada. La casa tiene tres dormitorios, un salón bastante grande, una cocina con comedor integrado, tres baños y el jardín, que ocupa gran parte del terreno.
En el segundo piso está la habitación de Kevin. Está decorada en tonos grises y azules, es muy parecida a la que tenía en el internado, solo que en esta se nota muchísimo más la huella de Kevin. La estantería está llena de libros, y en un rincón de la habitación hay un estéreo junto con una pila inmensa de discos de Led Zeppelin y Pink Floyd. Las paredes también tienen posters de estas bandas.
-          ¿Te gusta?
-          Es preciosa Kev. Muy tú.
Kevin sonríe con mis palabras.
-          ¿Y tus padres? – le pregunto extrañada por no ver ni a Abe ni a Allie.
-          Se marcharon ayer a Florida. Estarán fuera por lo menos una semana.
-          Así que estamos solos…
Kevin se sonroja y asiente. Cambia rápidamente de tema.
-          ¿Has comido?
-          Sí, en el avión.
-          Entonces, ¿qué te apetece hacer? – me pregunta.
-          Podríamos ir hasta Denver. – sugiero.
Decidimos ir hasta Denver. Me cambio los vaqueros por unos shorts, ya que la temperatura exterior es de casi 30ºC. Permanecemos todo el día en Denver como una pareja más descubriendo la ciudad. Recorremos los barrios más turísticos de la ciudad, vemos un concierto de jazz al aire libre y cenamos en un restaurante italiano.
Volvemos a casa de Kevin casi a medianoche. Nos sentamos en el sofá:
-          ¿Te apetece ver una película? – pregunta él.
Yo no tengo en mente lo de ver una película precisamente. Me coloco a horcajadas sobre él y le contesto:
-          Creo que la película puede esperar.
Le beso. Kevin me abraza por la cintura y me corresponde con entusiasmo.  El beso sube de intensidad poco a poco, y casi enloquezco cuando él comienza a besarme el cuello. De repente, Kevin me coge en brazos y me lleva hasta su habitación.

***
Despierto al día siguiente con una tranquilidad inmensa. Kevin está a mi lado, durmiendo todavía. No quiero moverme mucho y despertarlo. No ahora, cuando está tan tranquilo.
Sin embargo, Kevin se despierta y me sonríe todavía somnoliento:
-          Buenos días Penny Lane.
Sonrío por el apodo que me puso en el primer año de internado, cuando ya nos habíamos hecho amigos.
-          Buenos días Kev – le digo acariciándole la cara con suavidad.
Voy a echar de menos esto. Despertar con él por las mañanas. Seguramente sea lo que más eche de menos cuando esté en París.
Me acurruco más a su lado y él me acaricia el pelo. Mi estómago elige ese momento para rugir del hambre. Kevin se ríe con esa risa suya suave, una de mis favoritas.
-          Veo que tienes hambre. – me dice mientras sale de la cama y comienza a vestirse. – Vamos a ponerle solución a eso. Te haré el desayuno.
-          Kev, no tienes por qué hacerlo. – le digo incorporándome y agarrando la sábana.
-          Por supuesto que lo voy a hacer. Eres mi chica, tengo que mimarte.
Me da un beso suave y baja silbando a la cocina. Dios, qué difícil va a ser esto.
Busco alrededor de la habitación mi ropa, pero está demasiado desperdigada. Abro el armario de Kevin y me pongo una camisa suya para bajar a desayunar. Antes voy al baño a intentar hacer algo con mi pelo, pero hoy está demasiado rebelde. Me lo cepillo un poco, suspiro, y bajo a desayunar.
Kevin está friendo huevos de espaldas a mí. Cuando termina, se gira y me ve sentada, y sonríe.
-          Creo que esa camisa te queda mejor a ti que a mí.
Me sonrojo como una colegiala. Kev me tiende el plato con la tortilla y empiezo a comer. Kev se sienta enfrente de mí y comienza a desayunar también.
-          Esta mañana estás muy callada, Penny.
Mierda, Kev se intuye algo. Tengo que decírselo ahora, no puedo esperar más tiempo. Dejo los cubiertos sobre la mesa y suelto un gran suspiro antes de hablar.
-          Kevin, tengo que decirte algo.
Kevin calla y guarda silencio, expectante.
-          Si vine hasta aquí no fue por una visita de placer. Vine para hablar contigo.
Veo el miedo en los ojos de Kevin.
-          Adelante – dice él con un hilo de voz.
-          Cuando enviamos las solicitudes de admisión en abril, yo… envié una a París. Pensé que no me contestarían, pero ayer llegó la carta de respuesta.
-          ¿Y? – pregunta Kevin expectante.
-          Me han aceptado.
Un silencio cae sobre nosotros. Kevin medita mis últimas palabras en silencio, pensando qué decir ante mi última confesión.
-          Por cómo me estás contando todo esto – empieza a decir despacio – imagino que has aceptado.
Asiento con pesadumbre. Kevin suelta un suspiro y se pasa las manos por el pelo, en un evidente estado de nerviosismo. Por una vez en su vida, no sabe qué decir en estos momentos. Ni yo tampoco.
Kevin se baja del taburete y le guía hasta el sofá. Toma mis manos entre las suyas y comienza a hablar.
-          Penny, ¿qué vamos a hacer?
Niego con la cabeza mientras empiezo a llorar en silencio. Kevin me abraza y me acaricia el pelo, intentando calmarme.
-          Sabes tan bien como yo cuál es nuestra alternativa. – le digo entre hipidos.
Kevin guarda silencio. Él sabe tan bien como yo que tenemos que dejarlo. Lo sabe, pero no quiere admitirlo.
-          Pero yo te quiero. – dice él apartándome de su pecho para que lo mire a los ojos.
-          ¿Crees que yo a ti no? Por supuesto que te quiero. Nunca he querido a nadie tanto. Pero también soy realista. Soy consciente de que esto no va a funcionar si yo estoy en París y tú en California.
-          Podríamos intentarlo.
-          Kev, no va a funcionar. Va a ser muy difícil para los dos. Y por eso tengo que tomar esta decisión.
-          ¿No hay nada que pueda hacerte cambiar de opinión?
Niego con la cabeza. Kevin me vuelve a abrazar en silencio. Yo sigo llorando, incapaz de parar. Él sigue intentando calmarme, y poco a poco lo va consiguiendo.
No sé cuánto tiempo ha pasado. Me separo de Kevin y él me mira.
-          Vas a perder tu vuelo, Penny Lane.
Asiento y me levanto. Los dos subimos a la habitación y nos arreglamos en silencio. Empiezo a recoger todas mis cosas y me fijo en que he mojado toda la camisa de Kevin.
-          Quédatela – dice él antes de que pueda decirle nada. – Quiero que la tengas tú.
Asiento y la guardo en la mochila. Salimos y Kev conduce hasta el aeropuerto en completo silencio. A decir verdad, yo tampoco tengo ganas de hablar.
Llegamos y me dirijo directamente a la zona de control. No tengo que facturar nada porque llevo sólo mi mochila. Me giro y me coloco enfrente de Kevin.
-          Desearía que esto no terminase así.
-          Y yo Penny, y yo.
Kevin me abraza y yo le correspondo. Permanecemos así un buen rato, hasta que empiezan a anunciar el embarque de mi vuelo por megafonía. Kevin me levanta el rostro con un dedo y me besa. Un beso largo y dulce. Nuestro beso. Nos separamos cuando uelven a insistir con lo del embarque.
-          Tengo que irme. – le digo.
Intento contener las lágrimas, pero me está resultando muy difícil.
Kevin me suelta de la mano y yo me alejo, ya incapaz de contener las lágrimas. No miro atrás. Si lo hiciese, seguramente no me marcharía nunca de aquí.
-          ¡Siempre te querré! ¡No lo olvides! – grita él antes de que yo desaparezca al otro lado de la barrera.

Lena P.O.V
Han pasado tres meses desde todo lo ocurrido en la mansión Schoomaker. Tras el incidente con Paul, a éste lo expulsaron de la mansión con la condición de no volver a poner un pie en ella. Paul decidió continuar sus estudios en Cambridge y no volver a pisar Harvard.
Después de todo eso, me quedé dos semanas más con los Schoomaker. Mis amigos se fueron una semana antes que yo, por lo que pude disfrutar con Chris de una semana de vacaciones en los Hamptons muy relajante.
Decidí volver a Los Ángeles para estar con ella en la recta final del embarazo, aunque a finales de agosto volví a Nueva York para estar con mi padre y preparar la mudanza a New Haven.
Las primeras semanas de universidad fueron difíciles, he de admitirlo. Ambiente nuevo, lugar nuevo, gente nueva… Pero me estoy adaptando. Jill me está ayudando bastante a integrarme en la universidad, al igual que Ethan y Derek, aunque sean de cursos superiores. Derek me está ayudando mucho con la carrera, así que una vez que me gradúe le voy a deber muchos favores. Ya quería cobrarse uno intentando ligar con Jill, pero desde que le advertí que Jill tiene novio, dejó de intentarlo.
Con Christopher todo sigue igual. Nos vemos todos los fines de semana, uno voy yo a Massachusetts, y otro viene él a Connecticut. Por ahora nos va bien, así que quiero disfrutar del presente con él. Ya tendremos suficiente tiempo para planear el futuro. A él le va todo genial. Se está adaptando bien al ambiente de Harvard, ha escogido estudiar empresariales y economía para suceder a su padre en la dirección de Schoomaker Enterprises.
A mis amigos les va todo bien. En agosto Nat me contó que había aceptado ser la imagen del nuevo proyecto en solitario de Damien Hill. Y me alegré un montón por ella. Se merecía que le pasasen cosas buenas de una vez. Jerry y ella se mudaron a un apartamento minúsculo en el Soho, pero les encanta. Jerry ha empezado a estudiar empresariales para poder dirigir Quick Time, la empresa de relojes de su padre, en un futuro. Por su parte, Nat estudia en sus ratos libres Periodismo, aunque tiene pensado tomárselo con calma.
Johnny ha empezado a estudiar derecho y ciencias políticas en Princeton. Todavía no tiene muy claro si prefiere ser el futuro gobernador de California, o simplemente dedicarse a ejercer como abogado, así que estudia las dos carreras a la vez. Lo veo con bastante frecuencia, ya que está en Jersey y de vez en cuando viene a visitarme a Connecticut. A quien también veo mucho es a Charlie, porque como está estudiando derecho en Dartmouth, puedo ir a visitarla con frecuencia.
Todos nos sorprendimos cuando nos enteramos de que Penny y Kev habían cortado y de que ella se había marchado a París. Es muy triste. Los dos se querían, aunque iba a ser difícil mantener una relación a distancia. Kev está estudiando historia en Berkeley, y quiere llegar a ser un buen profesor. Y estoy convencida de que lo será.
Y ya es octubre. El tiempo ha pasado volando. Y con octubre, se acerca la fecha del nacimiento de Joey. Poco después de regresar a Los Ángeles, la doctora Green decidió que sería más conveniente que el parto de mi madre fuese programado. Y por eso estoy de vuelta en Los Ángeles, para asistir al nacimiento de Joey.
Johnny y yo estamos sentados en la sala de espera frente a la habitación de mi madre. Al único al que han dejado asistir al parto fue a Joe. Nosotros dos preferimos quedarnos fuera para no agobiar a mi madre.
Pero la espera se está haciendo larga. Demasiado larga.
-          ¿Crees que tardarán mucho? Llevan ahí dentro como cuatro horas.
-          A saber. Esto puede alargarse mucho más. – digo resignada.
Johnny guarda silencio y me decida una mirada divertida.
-          Lena, ¿puedo preguntarte algo?
-          Claro.
-          ¿Alguna vez has pensado que podríamos llegar a esta situación?
-          Ni en sueños.
Johnny sonríe con mi comentario.
-          Pues yo sí.
Lo miro escéptica y él se apresura en contestarme.
-          No me malinterpretes. Sólo digo que siempre me imaginé una situación así. Mi padre rehaciendo su vida, formar una nueva familia… Siempre lo quise.
Lo miro con ternura. Hay ocasiones en las que Johnny sabe sacar toda la dulzura que lleva dentro y parece más joven de lo que es.
-          ¿Echas de menos a tu madre?
-          Lo hago. Pero en el sentido de que me hubiese gustado que viese lo que soy ahora, en lo que me he convertido.
Lo abrazo. En estos momentos es lo que necesita.
-          Nunca me has contado cómo era.
-          No suelo hablar mucho de ella. Pero era genial. Era la mejor madre del mundo. Me quería un montón, y a Joe también. Era muy dulce, y muy buena con todos, aunque sabía sacar su genio cuando era necesario. Joe dice que le recuerdo mucho a ella.
-          ¿Y él la echa de menos?
-          Estoy seguro de que sí. Pero créeme cuando te digo que desde que se reencontró con Lily, no parece el mismo. Ha vuelto a ser feliz otra vez. Y está claro que la quiere con locura. Si no, no se habría apresurado a pedirle matrimonio cuando sólo habían pasado dos meses desde su reencuentro.
En eso debo darle la razón a Johnny. Es obvio que Joe está loco por mi madre, y que ella también lo está por él.
-          Lena, ¿tú crees en el destino?
-          A veces sí. ¿Tú?
-          Yo creo que sí que existe. Si no fuera así, ¿por qué mi padre acabó con Lily? Piensa que ya se conocían de antes, pero él conoció a mi madre y formó una familia con ella. Cuando ella murió, tardó muchos años en volver a enamorarse. No lo hizo hasta que volvió a ver a tu madre. Y tu madre no habría acabado con él de no ser por el divorcio.
-          Yo creo que fue una serie de coincidencias.
-          Llámalo como quieras, pero yo creo que fue el destino el que se encargó de volverlos a juntar. O más bien, que tú empezases a salir con Mark White, se pelease con Chris, y todos acabásemos castigados por culpa de eso. Fue el destino.
Sonrío. Por una vez, creo firmemente en lo que dice Johnny.
La puerta se abre de repente y por ella sale Joe sonriendo como nunca lo había visto.
-          Ya podéis entrar – dice.
Johnny y yo entramos en la habitación corriendo. Y allí, en la cama, está mi madre llorosa, sosteniendo a mi hermanito en los brazos. Johnny y yo, ya más calmados, nos acercamos a la cabecera de la cama y miramos sonrientes al bebé. Es el bebé más guapo que he visto en mi vida. Tiene el pelo negro y muy fino, y veo que ha sacado la nariz de Joe y los labios de mi madre. Es perfecto, simplemente perfecto.
-          Os presento a Joseph Darcy Morrison Junior. – anuncia mi madre orgullosa, sin apartar la vista de Joey.

Sonreímos. Ese sí que es un instante de auténtica felicidad.